Días antes de que llegara el Papa Francisco a México empecé a leer tuits y cartas o a escuchar comentarios explicando todo lo que debería saber el Papa de nuestra clase política, de lo que se vive hoy en el país. Algo así como ir con Francisco a acusar a nuestros gobernantes, y es que hay mucho que denunciar y sinceramente, me parece, ya no sabemos ante qué instancia hacerlo. ¿Qué nos dice eso de nuestras instituciones?

Habíamos visto a Francisco hacer un discurso político implacable en el congreso de Estados Unidos. Era una apuesta segura informarle lo que pasa en México, aunque ya lo supiera. El problema es que una vez más se confirma lo que ya sabíamos: el cinismo de nuestros políticos no tiene límites. Las palabras del Papa, estas palabras: “cada vez que se busca el camino del privilegio o beneficios de unos pocos en detrimento del bien de todos, tarde o temprano la vida en sociedad se vuelve terreno fértil para la corrupción, el narcotráfico, la exclusión y la violencia” fueron recibidas con aplausos de parte de quienes todo el tiempo buscan el privilegio de unos pocos, de los políticos mismos. Lo mismo aplaudió el presidente y su esposa que Andrade, o que los representantes de los partidos de oposición. 

¿Qué tanto más podrá decir el Papa durante su visita para darle voz al descontento de los mexicanos, para visibilizar nuestros problemas? Tal vez poco más, o al menos no en otro tono. No importa que el presidente le diga que es bienvenida su luz.

Lo mismo ocurrió cuando la prensa extranjera comenzó a cuestionar al gobierno de Peña. Editoriales y artículos en The Economist o en el New York Times que hablaron fuerte en contra de la corrupción y del descontento de los ciudadanos provocaron la expectativa entre los mexicanos de ver cómo iba a reaccionar el gobierno, que si los golpes venían de fuera tal vez les dolerían. Nada cambió. Lo mismo sucede con la visita del Papa.

Por otro lado, estos días me han recordado a mis tiempos en una escuela de monjas católicas bastante preocupadas por ayudar a los pobres y crear consciencia social entre las alumnas. Lo cierto es que al final del día, lo que les resulta más importante es hacer llegar el mensaje de que Dios nos ama. Elaboro un poco. Año con año las alumnas de preparatoria íbamos una semana a comunidades cerca de Torreón de misiones. El primer año que fui conocí cómo vivía la gente que nos recibía en sus casas, condiciones verdaderamente pobres. Sin agua, sin drenaje, sin calles asfaltadas, con poca comida.

Para el tercer año era yo la encargada de organizar las misiones y quería llevar soluciones reales a sus problemas. Imaginaba que habría alguna forma de implementar mecanismos para emular una regadera, o mejorar el higiene de las letrinas. Quizá llevar máquinas de coser y conseguir que alguien les enseñara alguna labor productiva a quienes vivían en esas polvosas comunidades. Algo que fuera más duradero que nuestra visita y los pocos kilos de granos que llevábamos normalmente. No puedo decir que nadie me lo impidiera, pero me fue imposible y una vez más acompañamos a la gente en las ceremonias de Semana Santa y les llevamos un poco de despensa. Una vez más llevamos la buena noticia de que Dios nos ama.

Año con año escuché a todos los que participamos caer en el mismo lugar común: Pensaba que venía a ayudar y a enseñar y el que más aprendió fui yo. Aunque lo entiendo y tiene un sentido de verdadera transformación, algo en ello me parece mal, que no se quede con más el más pobre y marginado no está bien.

Ojalá que la visita de Francisco logre algo más que su objetivo religioso espiritual y que algo resuene entre nuestros políticos. Quedan pocos días y ellos son expertos en hacer oídos sordos.

 

*** Actualizo para reflexionar sobre la última homilía del Papa en Morelia: Pide no caer en la tentación de la resignación. Quizá el mensaje de hoy del Francisco no es para la clase política sino para nosotros. Una encomienda muy difícil, no caer en la resignación.