El sello del gobierno de Peña Nieto ha sido el cinismo. Cínicamente salió la esposa del presidente a mostrar su enojo con quienes cuestionaban el conflicto de interés que demostraba el reportaje “La Casa Blanca”, y cínicamente nombraron a Virgilio Andrade para exonerarlos. Igualmente cínico ha sido el nombramiento de Arturo Escobar al frente de la Subsecretaría de Prevención del Delito y Participación Ciudadana.

Este nombramiento es un obstáculo más en la búsqueda de una política preventiva que funcione. Desde hace unos meses México Evalua presentó los resultados de un análisis hecho al PRONAPRED (Programa Nacional de Prevención del Delito) que cuenta cómo encontraron que la segunda acción más cara del programa (16 millones de pesos) se llevó a cabo en Toluca y comprende la rehabilitación de banquetas, remodelación de camellón con planta de ornato y pasto y rehabilitación del alumbrado público.  Lo más grave es que se gasta muy poco en las acciones de probada efectividad como son becas, terapia y acompañamiento académico.

Hoy podríamos y deberíamos estar discutiendo qué hacer para prevenir el delito, pero el cinismo del gobierno nos obliga a discutir quién encabeza la dependencia y a que organizaciones rompan relaciones con la subsecretaría.

El tipo de discusión que deberíamos estar teniendo se puede escuchar en este podcast de Freakonomics. Cuenta la historia de un programa llamado BAM (Becoming a Man) que ganó un concurso lanzado por el Crime Lab de la Universidad de Chicago y que usa Terapia Cognitiva Conductual (CBT por sus siglas en inglés) para prevenir el delito. Lo novedoso de la investigación que llevaron a cabo es que tuvo unos excelentes resultado con una inversión bastante pequeña, sobre todo comparando lo que se gasta en otros programas.

Según los científicos los seres humanos tomamos decisiones o actuamos según dos sistemas, el primero es rápido y emocional, prácticamente automático, el segundo es mucho más deliberativo. A través de las intervenciones conductuales se busca cambiar el tipo de comportamiento disruptivo en los jóvenes (delinquir) que se lleva a cabo “automáticamente” (sistema 1) y convertirlo en un comportamiento más pensado (sistema 2).

Las terapias que usan llevan a reflexión y cambio en las conductas de los jóvenes.

Para ejemplificar, este es un ejercicio: Los chicos se agrupan en parejas. Uno cierra el puño y el otro tiene que lograr que lo abra. La única regla es que no hay reglas, tienen 30 segundos para lograrlo. Después de medio minuto de trancazos termina el ejercicio y el facilitador pregunta sobre sus estrategias: ¿Por qué no le pediste que abriera el puño? Ningún joven intenta esa estrategia. Se da una reflexión al respecto.

Sorprende la simplicidad, pero sobre todo los resultados: Quienes participaron tuvieron un 30% menor tasa de dejar la escuela y de realizar actos delictivos. Estos resultados son en el corto plazo y aunque se desconoce si tendrán impacto en el largo plazo, los científicos sociales que participan opinan que incluso si no los hubiera, vale la pena incorporar el programa a las políticas públicas.

¿Podría un programa similar funcionar en México? ¿Por qué si o por qué no? ¿Y si le agregaramos un componente de transferencias en efectivo como se ha hecho en Liberia? Estas son las preguntas que deberíamos estar debatiendo, no la política de nombrar a Arturo Escobar. Ojalá el gobierno nos permita pronto llevar a cabo este debate.