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El momento que vive México es sumamente difícil. Lo acontecido en Iguala no termina de resolverse, y el presidente pide que demos un paso adelante. Siguiendo con su metáfora, debería saber que no se puede dar un paso hacia adelante cuando se esta en un hoyo, habría primero que salir de él, para, entonces si, avanzar. A partir de lo dicho –y no dicho- por el presidente en los más de 60 días, encuentro cuatro errores en el discurso: ignorar, equivocar, desubicar, minimizar.

La primera vez que el presidente pronunció la palabra Ayotzinapa después del 26 de septiembre fue el 16 de octubre (20 días después de los hechos) durante el foro “Alternativas Verdes”. ¿Por qué dejó pasar tanto tiempo? Podría pensarse que en un primer momento no se había dimensionado el problema, pero no pudo haber tomado 20 días hacerlo. Parecería que presidente tomó la decisión de no abordar el tema. Por otro lado, se dejó pasar el tiempo sin visitar el lugar y ante la mala comunicación de su parte se ha vuelto imposible hacerlo ahora: es tarde y los ánimos están en contra.

A partir de ese momento, el presidente ha hablado sobre el tema pero lo ha contaminado. Las declaraciones más fuertes del presidente no han sido en contra de los funcionarios públicos que estuvieron involucrados en la desaparición de los estudiantes ni en contra del crimen organizado. El discurso del presidente ha consistido en decir que se le da prioridad a encontrar a los estudiantes, pero en el mismo espacio ha hablado del repudio por la violencia en las marchas. Por ejemplo, el 23 de octubre durante la celebración del día del médico dijo “es incongruente exigir la aplicación de la ley con acciones que violentan el Estado de Derecho, como las ocurridas ayer en Iguala”; el 8 de noviembre desde Anchorage: “Es inaceptable que alguien pretenda utilizar esta tragedia para justificar su violenciaNo se puede exigir justicia actuando con violencia. Yo reitero que Ayotzinapa es un llamado a la unidad, a la reflexión, a la paz, a la concordia; a definir los mecanismos que nos permitan superar debilidades de orden institucional, pero, sobre todo, hacerlo en paz y en armonía social.”

Hace bien el Peña en repudiar la violencia pero equivoca al darle tal énfasis. O al menos al mostrarse tan molesto al respecto sin antes mostrar una mayor molestia ante las acciones de los miembros del gobierno municipal (ya probadas) y exigir clara y públicamente una investigación a los miembros del gobierno estatal y federal que pudieran estar implicados por acción u omisión. El 19 de noviembre expresó “No nos vamos a detener. Pareciera que algunas voces, unidas a esta violencia y a esta protesta, algunas de ellas fueran aquellas que no comparten este proyecto de nación; que quisieran que el país no creciera; que quisieran que el país frenara su desarrollo” y continuó “Pareciera que respondieran a un interés general de generar desestabilización, de generar desorden social y, sobre todo, de atentar contra el proyecto de nación que hemos venido impulsando.”

El discurso del presidente también se percibe desubicado. Para cuando el presidente grita “Todos somos Ayotzinapa” la frase “Fue el Estado” ya se había instalado en el imaginario colectivo. El 27 de noviembre (dos meses después de los hechos) escribe el mismo Peña en su blog:

“Los lamentables hechos de Iguala han exhibido que México tiene rezagos y condiciones por vencer. El grito de “Todos Somos Ayotzinapa”, es un llamado a seguir transformando a México. El grito de “Todos Somos Ayotzinapa”, es ejemplo de que somos una Nación que se une y se solidariza, en momentos de dificultad. Como sociedad, debemos tener la capacidad de encauzar nuestro dolor e indignación, hacia propósitos constructivos. Frente a las circunstancias que nos han tocado vivir, demostremos, una vez más, la unidad, el carácter y la determinación de los mexicanos. El camino de México, debe ser el de la paz, la unidad y el desarrollo”.

El presidente está desubicado parece hablar desde la sociedad y la gente sigue esperando que él, en tanto Jefe de Estado se responsabilice y solucione los hechos. Ya le han contestado los normalistas “Señor Presidente: usted no es Ayotzinapa”.  El presidente no debería alzar reclamos, sino recibirlos y solucionarlos.

Finalmente el EPN llegó a Guerrero el día de ayer después de haber anunciado y cancelado un viaje para el día anterior. En la gira que si se llevó a cabo, el presidente visitó Acapulco y ya no Iguala tal como había anunciado. Escribió en su blog el presidente después de anunciar programas y fondos para la reactivación económica de Guerrero que “La mejor forma de apoyar a Guerrero en estos momentos, es visitándolo; es disfrutando los servicios de calidad que ofrecen sus destinos turísticos. Los guerrerenses seguirán contando con todo el respaldo del Gobierno de la República y, en especial, con la solidaridad de los mexicanos”. De nuevo, no esta mal, la reactivación económica de ese estado es clave, sin duda. Sin embargo, llamar a “superar el dolor” es sumamente desafortunado y es entendido como que el presidente minimiza la ocurrido. Se atacan los síntomas pero no el problema, el presidente “da la cara” para hacer frente a la desaceleración económica que provocó su sucedido en Iguala en septiembre. Bienvenidas las medidas, sobre todo si funcionan, pero ¿qué va a hacer el gobierno para solucionar el problema de los desaparecidos, no solo de Ayotzinapa, sino los mas de 20 mil que hay en el país?

Han quedado fuera de este análisis los hechos, la evaluación de las propuestas es mejor que las hagan los expertos. La más interesante podría ser la que busca reformar el acceso a la justicia, pero hasta no conocer una propuesta concreta es difícil decirlo.

Resumiendo, en su discurso del presidente primero ignoró el problema; después lo contaminó al no hablar con fuerza en contra de los responsables (gobernantes y crimen organizado) y en cambio si condenando a la violencia en las marchas, cosa que está bien hacer, pero requiere un mayor equilibrio entre ambos puntos. Después se ha escuchado desubicado queriendo ponerse del lado de las victimas en lugar de colocarse frente a ellas ofreciendo soluciones y no reclamos y finalmente minimiza la desaparición pidiendo que se supere el dolor y ofreciendo un plan que enfatiza la recuperación económica.  La solución al problema que Iguala ha evidenciado requiere un trabajo de desarrollo económico, sin duda, pero ése no puede ser el corazón de la solución.