“En mi cocina se cocinan deliciosos platillos y grandes ideas” es la idea que transmite el comercial de radio que anuncia utensilios de cocina. Se trata sin duda de una visión más amplia de lo que es o debe ser una mujer, se interesa en las cosas de la casa y en viajar, en la cocina y las amistades. Construye un estereotipo más amplio, más moderno, quizá.

Dejando a un lado la publicidad de ésta o esa marca, el problema es que ahora se exige a las mujeres que hagan lo mismo de siempre. Léase, cocinar delicioso, mantener un estándar de orden y limpieza irreal, cuidar y educar a los niños y además ser interesante, pensar y tener una conversación culta y entretenida, y tener una vida profesional plena. ¿En qué momento pasó esto? Las mujeres que logran esto son unas súper mujeres, no son la regla y no pueden ser la expectativa.

Hace poco presentó Ema Watson su campaña He for She en la ONU, en su momento causó revuelo, aunque el tema ha perdido importancia. Se trata de una campaña a favor de la solidaridad para lograr la igualdad entre los sexos. Si bien el nombre de la campaña no me parece el más apropiado por invitar a la idea de que las mujeres tienen que ser rescatadas de alguna manera, me gusta la idea de solidaridad y aunque no lo hace explícitamente es la primera campaña que abre la puerta a que todos hay que cambiar para lograr la igualdad de género.

Esa solidaridad tiene que pasar por permitirle a unas mujeres no querer cocinar y a otras no querer trabajar, aceptar las diferentes formas de organización que cada familia puede elegir y que los objetivos deben de ser comunes. Es decir pensar en lo que quiere la familia y reconocer que la organización  para lograrlo es trabajo de todos. El paso hacia delante implica un reajuste en la vida comunal. No se trata de “otorgar” una falsa libertad para que las mujeres hagan más cosas, sino la libertad de que cada quien elija sus metas y se organice como más le convenga para conseguir.