Ir al Mutek en el museo del niño me permitió sentarme a escuchar música, ver imagenes y pensar. Pensar así, sóla, era algo que no había hecho en un rato. Me dí cuenta de lo contradictorio de estar en una sala llena de gente y disfrutar de mi soledad. Caí en cuenta de que me he acostumbrado a pensar en equipo. Se piensa mientras se conversa, se piensa en una clase, o mientras se lee un texto, pero es un pensamiento acompañado que está en algunos casos incluso guiado.

Ahí sentada, sin la posibilidad de hablar, mientras pensaba esto me cuestioné. ¿Cómo podía ser que estuviera valorando ahí mi soledad si todos los días paso algo de tiempo sin compañía? y entonces vi mi teléfono. Un teléfono inteligente al que he tenido que comprarle un estuche que incluye una batería porque la vida de la propia no le alcanza para acompañarme las 24 horas. Las redes sociales se han vuelto mi equipo de pensamiento, pensamientos, además sumamente cortos y rápidos que saltan de un tema a otro antes de que terminen de ser pensados.

¿En qué otro momento podría divagar con mis pensamientos? Los recorridos que hago en el coche los aprovecho para escuchar las noticias. Parece que pensar compite ahora con el canto de la regadera. Esos 10 minutitos en los que el agua te aleja de la tecnología y de las personas, esos son los únicos minutos de soledad que logran ser usados para pensar siempre y cuando la tarareada no gane la batalla. El pensamiento en solitario (el mío, al menos) está en peligro de extinción.

La alternativa, apagar el celular se antoja imposible.