Qué difícil resulta escribir en estos días algo que no sea un reclamo de justicia.

No tengo nada más que agregar, ninguna información o análisis, pero si no escribo esta entrada, no puedo escribir ninguna otra.

Seguimos sin saber qué pasó, cómo pasó y sin la certeza de que lo sabremos.

No hay confianza en las autoridades, en ninguna.

Cuando el discurso de un funcionario público es casi idéntico al de un ciudadano, al estilo: exigimos el cumplimiento de la ley, la cosa es desesperanzadora. Todos exigimos pero ¿quién la hace cumplir?

Y la desconfianza crece porque todos sabemos que nadie se despierta un día y decide desaparecer a 43 personas. Hay un caminito que se va trazando, se van cometiendo crímenes cada vez peores sin que haya consecuencias hasta que se llega a esta atrocidad. ¿Cuántos crímenes trazaron el camino? ¿Cuántas víctimas de las que ni siquiera nos hemos enterado? ¿Y en cuántas otras partes habrá gobiernos así?

Nos convertimos en un país donde es creíble que al drenar un río se encuentren los cuerpos de 16 jovencitas muertas. ¿Estaban? parece que no, ¿le pasó algo al irresponsable diputado que aseguro que así era? Nada.

Urge que se cumpla la ley, y los primeros en la lista deberían de ser los funcionarios públicos, y no los vendedores de algodones.