Llevamos ya un tiempo viviendo con una nueva perspectiva de la ciudad, una que no había hecho consiente hasta hace poco. Lo digo literalmente, podemos ver la ciudad desde un nuevo ángulo. A raíz de una decisión de política de transporte público he descubierto lugares viejos con nuevos ojos. Me refiero a los segundos pisos.

Un viaje recorriendo el segundo piso basta para descubrir lugares que no son nuevos, pero que estaban escondidos. Algunos donde, desde la calle, puede verse al interior de un departamento en un segundo o tercer piso; también se han hecho visibles oficinas de todos esos edificios que están construidos justo al lado de la lateral. El segundo piso da la oportunidad de asomarse a lugares privados, que sus dueños habían rodeado para conseguir cierto aislamiento; se ven enormes casas y jardines que sus altas bardas buscaban esconder, pero que resulta imposible ya ocultar al ojo del que se asoma desde las alturas. Hay una casa, en especial a dónde dirijo mi mirada cada vez que paso por ahí para ver si alguien juega fútbol en su gran jardín. Hasta ahora no he logrado cantar algún gol desde las alturas.

Si se recorre el segundo piso, desde la zona de San Jerónimo hacía el norte, el paseo empieza justamente revelando la riqueza de estas casas que no alcanzan a ser del todo visibles debido a la gran cantidad de árboles que hay en los camellones y jardines. En esta época llama especialmente la atención los colores morados de las jacarandas que también muestran una cara nueva al no ser vistas como nubes moradas hacía arriba. Más adelante se ve la Feria de Chapultepec y si el conductor se despista, podría pensar que es posible en su coche recorrer la montaña rusa. A mano derecha, saluda la enorme bandera de Campo Marte -que ya es la única que se ve porque la que estaba en San Jerónimo ha desaparecido, a pesar de que los carriles del segundo piso se encuentran rodeados de una extraña estructura de metal que lo hace parecer algún tipo de gusano y que estaba ahí para evitar enredos con la enseña nacional. Claro que al retirar la bandera no se han preocupado por quitar el espantoso espiral metálico.

Más o menos a la misma altura, y a mano derecha, se ve una hermosa postal del horizonte urbano o skyline compuesto por una diminuta torre latinoamericana y otros edificios se encuentran en Reforma yendo hacia Polanco. Al ver este horizonte sorprende que no existe en el imaginario un skyline de la Ciudad de México como existe de muchas ciudades norteamericanas, por ejemplo. Se trata de una imagen que había sido impedida por la masividad misma de la ciudad tal vez, pero que empieza a ser visible desde este punto que no es, obviamente, un mirador. Vale la pena señalar la novedosa vista de los volcanes, que en los días cuando sopla el viento y yendo en sentido contrario (norte-sur) puede disfrutarse y, dependiendo de la hora del día, se pinta con los colores del amanecer y atardecer.

Uno pensaría que se trata de un viaje casi turístico. Sin embargo, la construcción de la segunda fase del segundo piso no permite olvidarnos de que se trata de una ciudad llena de contrastes y desigualdades. Si uno avanza hacía la carretera México-Querétaro, el segundo piso permite unas vistas increíbles de una ciudad completamente gris, donde la densidad de construcción de pequeñas casas de manera irregular parecería imposible. No hay un árbol a la vista. Se tratan de terrenos no amables para la construcción de vivienda. Es una imagen que todos conocemos, del que el viaje por el periférico (primer piso) sólamente da una muestra, pero que desde el segundo vemos reproducirse hasta donde termina el horizonte.

En meses recientes ha llegado al segundo piso el mal tecnológico que después del atardecer se vuelve cegador. Enormes pantallas que transmiten casi una película entera y que distraen y contaminan. Un recordatorio de que a las alturas también llegan los males que nos aquejan aquí en la tierra. ¿Qué regulación y qué permisos hay para estos armatostes? Compadezco aún más que a quienes por ahí transitamos a los que, vivían ya con el caos del periférico, tienen ahora fisgones en sus casas y un sol artificial que alumbra sus ventanas a todas horas.

Una nueva perspectiva de la ciudad, y también de los problemas de siempre. Eso.