Cuando hablamos de alguna deficiencia en nuestro sistema político nadie deja pasar la oportunidad de aludir a que estamos en una transición democrática, transición que lleva, según se quiera contar trece, dieciséis o más años. Entonces, nos dicen, una vez consolidada la democracia mexicana, se solucionará el problema del que se discute. Pero ¿qué es la transición y cuándo acaba? ¿y si eso de la transición es un invento? ¿Y si nos hemos construido un ente que nadie sabe bien a bien lo que es? entonces qué nos queda, nos queda que esto, lo que vemos y vivimos es la democracia. ¡Oh desilusión!

Otro argumento engañoso que constantemente escucho es que ante un problema en la democracia la alternativa, a veces pintada como única, es un gobierno autoritario. Si esto es LA democracia y no funciona, estaríamos mejor con un régimen totalitario. Entonces los periódicos pueden poner en la de ocho, actualizada la estadística de cuántos ciudadanos preferirían vivir en un régimen autoritario y cuánto terreno ha perdido (quizá alguna vez ganado) la democracia en popularidad.

Que no se cumplen las leyes, unos dirán es que estamos en la transición, otros de plano no tienen paciencia y quieren un gobierno de mano dura. ¿Por qué tratar de explicarlo todo en términos de democracia, transición y autoritarismo? Si las leyes son malas, veamos qué se puede hacer desde el legislativo, si no se cumplen, evaluemos la actuación del ejecutivo y reparemos hasta donde tiene que ver dicho problema con el sistema político macro.

Parece un buen momento para sacar a los académicos de los salones y usar algunos de sus conceptos. Normalmente me parece que el lenguaje de la academia contribuye a su aislamiento, pero en algunas ocasiones deberíamos sacar de las universidades palabras y definiciones que son realmente útiles para nuestra vida pública. Así es como empiezan las discusiones académicas, con las definiciones y democracia es un concepto que, se dice, está demasiado estirado, quiere decir demasiadas cosas y por eso cuando lo usamos no nos da mucha claridad. Esta amplitud del concepto de democracia nos ha empujado a usar la idea de transición democrática que es un atajo que no esclarece a qué nos referimos y permite decir casi cualquier cosa.

Si bien “poliarquía” es un concepto más complejo que “democracia”, nos permite evaluar y tomar decisiones de mucho mejor manera. El término fue ideado por Robert Dahl quien murió la semana pasada. Dahl introdujo el concepto de poliarquía para denominar los arreglos institucionales que son un acercamiento imperfecto al ideal democrático. La poliarquía, a diferencia de la democracia tiene dimensiones, es decir hay grados de poliarquía, y éstos son los mínimos requerimientos:

1. Libertad para formar y unirse a organizaciones
2. Libertad de expresión
3. Derecho al voto
4. Elegibilidad para ocupar cargos públicos
5. EL derecho de los líderes políticos a competir por el apoyo popular
6. Existencia de distintas fuentes de información
7. Elecciones libres y justas
8. Instituciones para que las políticas públicas dependan de los votos y otras expresiones de preferencias del electorado.

El concepto de poliarquía tampoco es perfecto, hoy en día sería preferible tomar en cuenta otros aspectos como la democracia comunitaria, el uso del referendum, la democracia al interior de los partidos y alguna medida de bienestar socioeconómico, pero usar un concepto como poliarquía nos permite ver de manera más clara que muchos de los problemas de nuestra democracia se resuelven con más democracia, es decir, es útil permitir que el concepto tenga rangos y niveles que más claramente califican a nuestro sistema sin necesidad de recurrir al igualmente borroso concepto de “transición” y sin caer en la tentación de llamar a un gobierno autoritario.