Nunca he sido aficionada a los toros, pero tampoco he condenado la fiesta.

La primera y única vez que asistí a la Plaza México iba invitada por los ganaderos que presentaban a sus toros por segunda ocasión en dicha plaza. Fuimos un grupo de amigas, teníamos buenos lugares e íbamos predispuestas a pasarla bien. De inmediato el ambiente nos envolvió, uno no se queda indiferente después de escuchar al público gritar esos olés. Quería colgar aquí un video de lo que vimos, pero me temo que se trata de la era pre-YouTube, así que los dejo con lo que se escribió en los periódicos del día siguiente al respecto.

Grandes toreros se metieron al ruedo esa tarde, se repartieron orejas y Zotoluco incluso indultó a un toro, Romerito. Ver ese espectáculo me permitió entender a quienes asisten con cierta regularidad a los toros. La valentía del torero, el arte de sus movimientos, los gritos del público, todo era una verdadera fiesta. Por otro lado, no me quedé completamente tranquila con el animal ensangrentado que terminaba muriendo y salía arrastrado mientras escondían un poco las manchas de sangre en la arena.

 

zotoluco copy

 

Mi segunda experiencia con los toros fue bastante distinta. Si la primera vez que fui no tenía muchas expectativas y viví una experiencia llena de emoción, la segunda vez mis expectativas eran altas y la realidad defraudó. De visita en Sevilla, parecía una parada obligatoria visitar la Maestranza, uno de los templos fundamentales de la historia de la tauromaquia, el más bello ejemplo de arquitectura taurina y un escenario fundamental en la evolución de la fiesta de los toros, como ellos mismos se describen.

Inmediatamente saltaron los contrastes, la plaza andaluza es encantadora pero diminuta frente a “la monumental”, así que pensé que veríamos un espectáculo más íntimo. Después de haber visto a los grandes del toreo como Ponce o el Zotoluco, en Sevilla teníamos que conformarnos con ver a un grupo de jóvenes toreros que estaban cumpliendo su formación. La plaza no se llenó pero daba la impresión de que estábamos entre locales conocedores. Nos habíamos equipado con un buen vino tinto y algunos puritos por aquello de “cuando a Roma fueres…”

Empezó la corrida bastante tarde, a la hora del atardecer que en el verano Andaluz es fácilmente después de las nueve de la noche. No eran muy bueno estos muchachos toreros, o no lo eran aún. Seguramente los entendidos del tema le vieron madera de torero a alguno de ellos, pero desde donde yo estaba sentada no alcancé a ver ese arte y esa valentía que me habían conquistado en México. El peor momento de la noche llegó cuando uno de los chicos no logró matar al toro. Al pobre animal le alargaron la agonía pues le dieron dos o tres oportunidades de encajar la espada. El animal emitía unos ruidos bárbaros, unos chillidos que incomodaron a todos los presentes. Al mismo tiempo iba perdiendo una cantidad brutal de sangre. Por fin, y demasiado tarde entró un torero mayor que le encajó algún tipo de puñal en repetidas ocasiones, dejándome con la duda si era para hacerlo callar o para salvarlo de su sufrimiento.

Ahí, y sólo ahí caí en la cuenta, ¿cuántos aprendices hay detrás de cada gran torero? ¿qué hace falta hacer para ser un gran torero y cuántos se quedan en el camino?

Recomiendo leer este artículo sobre un entrenamiento de sumo cuya lectura me recordó mi experiencia con los toros y este otro sobre las corridas de toros y el debate alrededor de su prohibición.