Después de la aparición del número de diciembre de la revista Cambio con la imagen del gobernador de Chiapas, Manuel Velasco Coello, que inundó las calles de la Ciudad de México y otros lugares del centro del país, se han podido leer diversas reacciones. Hay quien afirma, desde ya, que le salió el tiro por la culata y que la gente está enojada, Jenaro Villamil en Proceso; hay quien dice que el gobernador ha logrado verdaderos avances poniendo orden en las finanzas públicas estatales y que no merece el linchamiento, Román Revueltas en Milenio; otros han calificado de obscena la presencia del gobernador, Elisa Alanis en La Razón; más de uno ha pedido transparencia en el gasto del estado en propaganda, el PAN y el PRD lo han hecho por la vía jurídica.

La similitud en la estrategia del joven gobernador y la que uso el actual presidente de la república es obvia, la discusión ahora es si dará resultados similares, pero la pregunta de fondo es más interesante: ¿somos los ciudadanos individuos que tomamos decisiones (por quien votar) de manera racional o somos “ciudadanos de a mentiritas”?

Esta era la pregunta que planteó Soledad Loaeza en un artículo en La Jornada en agosto de 2012. En éste, Loaeza critica cómo desde la izquierda se juzgaba la “calidad” del voto dependiendo a favor de quien se sufraga.

“Ante la mayoría de votos que recibió el partido de Peña Nieto el pasado primero de julio, una de las reacciones de Andrés Manuel López Obrador ha sido llamarlos corruptos (a los votantes), y Ricardo Monreal, entre otros, pone en duda su existencia, cuando no los trata como si su cabeza vacía hubiera sido llenada sin ningún freno por la televisión y las empresas encuestadoras. Para los lopezobradoristas, quienes sufragaron por el PRI no pueden ser votantes racionales, electores leales a la opción que representa ese partido, o simplemente no están en su sano juicio

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En lugar de aferrarse a la idea de que el que no piensa como ellos está esencialmente equivocado, los lopezobradoristas deberían preguntarse por qué sigue habiendo en México tantos priístas. Es cierto, pocos son los que con orgullo se ostentan como tales, y aparentemente sólo en el secreto de la mampara de votación pueden actuar con verdadera libertad y escapar al juicio de los fiscales que los condenan a ser ciudadanos de a mentiritas.”

Después de más de un año, no he leído aún respuesta alguna por parte de la izquierda. Tampoco intento aquí defender a los lopezobradoristas, pero parece pertinente aprovechar el momento para reabrir el debate.

Resulta engañoso querer decir que unos (los que piensan como yo) son ciudadanos que toman decisiones basadas en información, analizando las ideas y proyectos, y que otros (los otros) han sido manipulados. ¿Qué no es parte indispensable de una democracia que sus ciudadanos puedan tomar decisiones racionales para poder depositar en ellos el poder de elegir al gobierno? Y, si pensamos que nuestro propio voto debe se válido, ¿por qué no otorgarle el mismo valor al de los demás?¿Es antidemocrático calificar el voto? ¿Puede un voto ser mejor que otro? En la democracia cuenta lo mismo un voto informado que uno decidido al azar. Pocos habrá que dejen al azar esta decisión, seguramente antes se abstendrían de votar, pero en general, qué sabemos de cómo tomamos decisiones.

Si nos alejamos un poco de la política, colgamos nuestro sombrero de elector y nos ponemos el de consumidor, rápidamente reconoceremos que en ocasiones compramos un mal producto al dejarnos llevar por su comercial o su envase. Reconocer que podemos equivocar la decisión a la hora de consumir nos permite reconocer que somos vulnerables a cierta manipulación. Lo enredoso del problema es que tanto en política como en el mercado no todo márketing es manipulador, ni todos los consumidores/electores susceptibles a la manipulación.

Todos los candidatos quieren convencer al electorado de votar por ellos. Para ello, deben darse a conocer y presentar información que persuada a los electores a brindarle su apoyo. Hay publicidad que es honesta, presenta a su candidato sin necesidad de mentir ni omitir detalles, busca convences a través de información presentada de manera lógica. Hay también publicidad manipuladora que busca obtener el voto a través de datos engañosos y apelando más a las emociones que a los hechos.

El debate es complejo, y las implicaciones no sólo tienen que ver con ésta o aquella elección, tienen que ver con nuestro sistema político y la forma en que elegimos a nuestros gobernantes.

¿Qué tanto hay de manipulación y qué tan manipulables somos? Seguramente todos nos encontramos ahí entre los agentes cien por ciento racionales de los modelos (inmunes a la manipulación)  y los votantes caricaturizados y manipulados que criticó la izquierda. Quizá se libren los escépticos abstencionistas.