Esperaba que llegara la inspiración para escribir algo poético sobre mi regreso a México después de vivir 7 años en Chicago. Recordaba haber leído la columna de Carlos Bravo cuando pasó por la misma experiencia con sus referencias a Urbina “Volveré a la ciudad que yo más quiero / después de tanta desventura; pero / ya seré en mi ciudad un extranjero” y a Borges “aquí el incierto ayer y el hoy distinto / me han deparado los comunes casos / de toda suerte humana, aquí mis pasos / urden su incalculable laberinto […] No nos une el amor sino el espanto / será por eso que la quiero tanto”. Pero será que cada regreso es distinto. El tiempo pasa y no encuentro la mentada inspiración.

No quería escribir una entrada plagada de lugares comunes: hablar de la calidez de la gente, de como la comida me curó el síndrome del jamaicón, etc. Pero, la verdad sea dicha, no podría escribir esa columna aunque quisiera porque por un lado vengo de Chicago, donde hay tres millones de mexicanos y encontrar cualquier producto desde tamales hasta carnitas, pasando por las mil y una salsas, no requería mayor esfuerzo de mi parte. Por otro lado, regreso un tanto agringada quizás, y eso de la calidez de la gente lo empiezo a cuestionar.  No porque la gente no haya sido cálida conmigo, sino porque más allá de la gente que me conoce y me quiere, eso que llamamos la “hospitalidad del mexicano” ha llegado a incomodarme. Los tratos atentos y el Señora por aquí y Señora por acá, hacen más por recordarme las diferencias de clase que por hacerme sentir en casa.

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La ciudad que se me escapó

El proceso de volver fue largo. Desde agosto del 2012 sabía que había altas probabilidades de volver, desde febrero sabía que el regreso era inminente y debo decir que la ciudad, mi percepción de ella, cambió radicalmente durante ese año. Mi percepción había sido moldeada, he de decirlo, por la percepción de esos que no me dejaron estar demasiado lejos: los tuiteros a quienes sigo. Si bien había críticas a parte de lo que se hacía en la ciudad durante el gobierno de Ebrard la impresión era que en la ciudad se estaban haciendo cosas nuevas, que mejoraban la calidad de vida, que se propiciaba la innovación, que había un rumbo definido y que los proyectos de asociaciones, empresas, y el gobierno mismo podían crear sinergías. Nos perfilábamos como una ciudad de izquierda moderna y había, al menos así lo leía yo, una posibilidad de diálogo con la autoridad que permitiría corregir el rumbo si hacía falta, parecía que lo que la ciudadanía pensara o quisiera importaba.

Evidentemente que se ha criticado, y con razón, este nuevo tipo de activismo on-line. Estaría mal si creyera que lo que se tuiteaba era un espejo fiel de lo que pasaba en la calle. Pero las percepciones también importan y cuidaba no darles más importancia de la que tienen, digamos que leía con precaución. Conforme pasaron los meses y llegó el gobierno de Mancera, lo que pude leer a la distancia era que esta idea (que no se si realidad) de la Ciudad de México fue muriendo. Ya estando aquí he pasado a formar parte de los desilusionados. Lo que en un momento fue emocionante, regresar a México en un momento en el que “estaban pasando cosas” y que invitaba a hacer cosas, se ha vuelto un campo de cultivo para mi apatía. Se trata de un diálogo de sordos, Mancera va derecho y no se quita y si le pegan se desquita. Del lado opuesto encuentro cada vez más gente que siente estar en plena resistencia, no construyendo sino resistiendo. Hay quien sigue con sus proyectos, innovadores, interesantes, pero parece que lo hacen a pesar del gobierno en el mejor de los casos y contra el gobierno en el peor de ellos. No encuentro aún algún sentido de comunidad integrador que creí vislumbrar entre tuit y tuit hace más de un año. Puede haber sido un engaño, pude haber sobredimensionado lo que leía, tuits demasiado escogidos, sesgados, tuits al fin y al cabo, pero no deja de quedarme el sentimiento de que algo se perdió, y que volví a una ciudad distinta de la que creí que iba a encontrar. Una ciudad que tal vez nunca fue.