Después de que Maduro nos sorprendió a todos con el cuento del pajarito que le dio la bendición para arrancar su campaña en las últimas elecciones, la última ocurrencia del mandatario ha sido la de crear el Viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo Venezolano

El nuevo órgano gubernamental no ha sido tomado en serio por nadie, y seguramente no hay razón por la que debería serlo, sobre todo cuando el anuncio de su creación presume de que va a “elevar la calidad social de los venezolanos hasta el cielo, además de ser una muestra de agradecimiento hacia el comandante supremo Hugo Chávez.” Parece, además, que ni el propio gobierno le da importancia, pues carece de presupuesto.

La mala noticia es que con un portavoz así, dejamos de tener un debate que no es trivial, un debate que vale la pena considerar sobre el papel de la felicidad en las políticas públicas y en el quehacer gubernamental. Hay quien ha dicho que se trata de una cuestión de moda, y sí, es verdad que en últimos años ha estado de moda en nuestros medios sacar la nota, por ejemplo, de cuál país es el más feliz o algo parecido. Pero estas notas existen porque hay un activo debate entre psicólogos, economistas, filósofos, abogados y politólogos sobre la consideración que debemos (o no) dar a la felicidad a la hora de tomar decisiones de interés público, y la discusión lejos de ser nueva, ya se debatía entre los antiguos griegos.

Estas encuestas (la parte práctica) que han encontrado eco en los medios han estado acompañadas de importante trabajo teórico y de análisis que ha tenido menos suerte a la hora de ser diseminadas. El trabajo de Daniel Kahneman (premio Nobel de Economía en 2002) ha sido el impulso para un gran número de estudios al respecto, entre ellos, en el 2007 dos profesores de la Universidad de Chicago organizaron la conferencia “On Law and Happiness” que reunió a varios expertos de diversas disciplinas para discutir el tema. Después de la conferencia se publicó el libro que lleva el mismo nombre y del que retomo algunas ideas interesantes para echar un vistazo, aunque sea superficial, al tema de la felicidad.

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Dicen Posner y Sunstein que los economistas argumentan que la política pública debe avanzar la eficiencia, y la manera en que esto se ha hecho ha sido preguntándonos si de cada proyecto los “ganadores” pueden hipotéticamente compensar a los “perdedores”. Este criterio está basado en las utilidades ordinales de cada individuo y ha sido muy criticado pero no ha habido un criterio alternativo para elegir nuestras políticas en el que los expertos se pongan de acuerdo. La pregunta es si queremos usar la política pública para mejorar nuestro bienestar, cuál es la mejor forma de medirlo. En los años recientes un grupo de psicólogos y economistas han propuesto enfocarnos en la felicidad (happiness approach). Kahneman se basa en los filósofos hedonistas para medir el bienestar como un fenómeno psicológico que se caracteriza por los sentimientos de placer y desagrado, felicidad y tristeza o satisfacción e insatisfacción.

A través de esas encuestas en las que cada individuo reporta su felicidad se ha encontrado que la felicidad aumenta con la riqueza pero solo hasta cierto punto (la gente es menos feliz cuando sus vecinos son más ricos que ellos, por ejemplo); la felicidad está correlacionada con la salud, pero los niveles de felicidad de quienes tienen mala salud se recuperan con el paso del tiempo; quienes están casados son generalmente más felices que los solteros y entre más educada está una persona más feliz es. Más allá de estas generalidades, un estudio sobre la desigualdad en EEUU entre 1972 y 2006 señala que si bien las brecha entre ricos y pobres ha aumentado, las diferencias a la hora de reportar el nivel de felicidad han disminuido entre diferentes grupos (clases sociales, raciales, de edad) han disminuido, lo cual nos dice que el bienestar ha cambiado con bienes no pecuniarios, lo que puede servir como guía a la hora de escoger en qué políticas gastar el dinero.

La discusión también pasa por el terreno filosófico. Martha Nussbaum hace una crítica al uso que la psicología da al término felicidad, dicha crítica nos lleva a recordar los argumentos de Mill en contra de Bentham y lo que Nussbaum, siguiendo a Mill considera es una hiper-simplificación de lo que es la realidad. Surgen preguntas como ¿qué es el placer? ¿pueden todos los placeres ser iguales y además sumarse los unos con los otros? ¿qué pasa con los placeres “malos” y los dolores “buenos”? Nussbaum vuelve a proponer su idea de tener una lista objetiva de capacidades que deben ser garantizadas por el estado (en el mismo sentido que Amartya Sen) y que, dejando espacio para que el individuo decida hacer o no uso de ellas, incluyen: la vida, la salud, la integridad, uso de la mente y la imaginación, emociones, afiliaciones, juego, control político y material de nuestro alrededor. Esta es, digamos, una tercera propuesta que se puede conocer a profundidad aquí.

Finalmente, la conferencia no dejó de presentar los principales puntos de quienes prefieren hacer un análisis de costo-beneficio a la hora de evaluar las políticas públicas. Una de las principales críticas a las medidas de felicidad es que miden el bienestar subjetivo y las implicaciones de utilizarlo serían alejarnos de una economía de mercado con un sistema de control gubernamental que no permitiría que cada individuo eligiera, pero que forzara al individuo a ser feliz. La discusión se reduce a preguntarnos si el gobierno debería maximizar el bienestar subjetivo (felicidad) únicamente o si debe buscar mejorar las condiciones económicas. La respuesta, por ahora, parece ser que lo más fácil es mejorar las condiciones económicas y utilizar las medidas subjetivas para hacer ajustes y modificaciones que pueden tener impacto en el bienestar general de las personas.

El debate es amplio y hay espacio para seguir haciendo preguntas sobre temas como cuál debe ser el rol del gobierno y de las políticas, para qué lo queremos, y qué valor debemos darle a la felicidad de los individuos. Ojalá el tema no quede en cuentos chuscos sobre gobernantes desquiciados latinoamericanos.