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Disfrutar o enmarcar

Quizá se trata de una reflexión generalizada: ¿qué hacer, tomar el momento para disfrutarlo plenamente o sacar la cámara para eternizarlo? Sacar la cámara de alguna manera nos quita la experiencia: nos vuelve observadores y nos resta protagonismo.

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El forzador del buen momento

Me he enterado de que la última moda en fotografía nupcial es un microevento conocido con el nombre de “Trash the Dress” así, en inglés, o sea, algo como “destrozar el vestido” que me resulta el epítome de la fotografía como creadora del momento para recordarse. Eso de que el vestido de novia se pone sólo un día ha quedado atrás. Los novios acuerdan una fecha con su fotógrafo para volver a emperipollarse, e ir a una sesión de fotos en la que, a diferencia de esas fotos que se tomaron antes de casarse, no importa cuidar el vestido; ensuciarlo es un requisito. Así se pueden ver parejitas de recién casados en lugares como Chapultepec -donde comen un chicharrón bañado en salsa- Xochimilco -donde quizá el novio se lance vestido de frac al verde agua de los canales- o claro, si se casaron en alguna playa, irán a nadar durante el amanecer. Cabe mencionar que muchos de estos lunamieleros no realizarían dichas actividades jamás, sin la presencia del testigo.

Así, en lugar de debatirse si disfrutar el momento o retratarlo, la cámara es el pretexto para pasarla bien. Su presencia invita y quizá forza a los fotografiados a crear un momento que valga la pena retratar. Este evento artificialmente creado es el más claro ejemplo de lo que puede lograr una cámara que no busca la espontaneidad, pero de ninguna manera es el único. Hace unos días caminando cerca de un atractivo turístico presencié cómo una mamá y su hija caminaban hacia mí con cara de enojo, a penas logré escuchar su discusión, pero era claro que no lo pasaban bien. Al pasar junto a la escultura de una vaca donde unas amigas se retrataban entre carcajadas, la mamá simplemente sacó su cámara de la bolsa y le dio un empujoncito a su hija que de inmediato tomo a la vaca por la urbe y sonrió una sonrisa que más tarde recordará como auténtica.

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La Licencia para el ridículo

Qué poder tiene ese pequeño aparato, no sólo de congelar el momento, sino de cambiar el comportamiento de las personas e incluso de crear realidades falsas, hasta ese momento inexistentes. Ver a la gente brincar con las cuatro extremidades abiertas en medio del tráfico del medio día resulta de lo más desconcertante hasta que a escasos dos metros te das cuenta de que ahí hay un fotógrafo. No, te dices, no está loco, se está haciendo un retrato. Es, de hecho, tan normal que ha caído en el mismo cliché que muchos antes de él.

La cámara altera cualquier situación de manera diferente para cada actor de la escena. Quien se ve detenido por un par de extraños deja de ser un empleado camino a su trabajo para convertirse en director artístico; el que puso en pausa su pleito pasó del enojo al amor, o así lo parece; o al que decide que es su oportunidad para hacer esa cara rara o esa pose chistosa que sin la presencia de la cámara sería impensable porque tiene licencia para hacer el ridículo. Se le disculpa al ejecutivo sacar la lengua o poner cuernos, siempre y cuando haya una cámara.

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Pensar en blanco y negro, pensar más

Cuando tomas una foto a color sabes que es lo que obtendrás: una copia de lo que estás viendo a través de la cámara. En cambio, para tomar una buena foto en blanco y negro tienes que saber cómo se traducirá cada color a la escala de grises, y aún más, seguramente la imagen transmita algo distinto a la realidad, otra versión de la realidad. Saber lo que quieres transmitir a través de una imagen y lograr transmitirlo es tanto o más complicado que al usar el lenguaje. Aprender a ver en grises, decodificar en tu cabeza cómo será la imagen final, tomar instantaneamente decisiones sobre el tiempo y la luz.

Algo similar sucede con los idiomas, las palabras de la nueva lengua parecen no embonar perfectamente con el significado de las palabras que conozco en español, y, entonces, da la sensación de que el vocabulario se multiplica en lugar de repetirse, de que se puede pensar más. Y digo que se puede pensar más haciendo eco de la relación que Sausurre describió entre el lenguaje y el pensamiento, una relación circular, ¿cómo pensar sin palabras, y como hablar sin saber qué es lo que queremos decir, es decir, sin pensarlo primero?

Y si Lacan puso en práctica los conocimientos lingüísticos de Sausurre junto con el psicoanálisis para curar a sus pacientes al hacerlos conscientes de las relaciones que habían formado de manera desapercibida entre palabras y sentimientos, considero la posibilidad de que una imagen tenga también poderes curativos.

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La Nostalgia o El Carrusel de Kodak en Mad Men

Dice Don Draper: La idea más importante en la publicidad es la idea de algo nuevo, provoca comezón y tú simplemente colocas tu producto como un tipo de pomada de caladril, pero hay un lazo más profundo con el producto: la nostalgia; es delicada pero potente… Nostalgia literalmente quiere decir el dolor de una herida vieja, es una punzada en tu corazón mucho más poderosa que sólo la memoria… el carrusel de Kodak no es una nave espacial es una máquina del tiempo [...] que nos lleva a un lugar al que dolemos por regresar.

La magia claro, no está en el proyector, sino en la posibilidad de capturar y visitar ciertos momentos. Algunos importantes, otros de la vida diaria. Lo curioso es que causa una mayor nostalgia ver una foto que captura un momento común y corriente, una tarde en familia, comiendo un helado quizá, que un momento en el que no faltaría una cámara jamás: el agua de la pila bautismal cayendo sobre la cabecita de un bebé en llanto, por ejemplo. La primera imagen te remite a tu vida, a lo que sentías en esos momentos. La segunda perpetúa un momento que no duró lo suficiente para causar en el expectador un lazo con algún pensamiento o sentimiento específico a identificar, pero sirve para conmemorar algo que a priori fue decidido es importante.

Quizá el valor sentimental que hemos depositado a esas fotografías de infancia tiene dos raíces, la primera es que es el documento de constancia de que nuestra infancia ocurrió, es incluso a partir de ellas que hemos formado nuestros recuerdos (muchas veces falsos), es así que unos han sobrevivido de entre los muchos que hemos perdido. Esto está mezclado con la escasez de fotografías que tenemos. Resultaba impensable tomar la foto a un niño haciendo un berrinche, primero porque rara vez tendríamos la cámara a la mano para disparar contra él, segundo porque no gastaríamos los recursos en tener una foto así, una que no ibas a enmarcar para poner en tu sala. Cada foto era tomada con esa esperanza, que sería lo suficientemente buena para poder estar en algún lugar de honor, impresa y enmarcada, rodeada de otras que permitirían mostrarte a ti y a tus invitados tu vida (feliz, armoniosa, etc). Así que esa rareza, esa escasez les da mayor valor a las fotografías que tenemos.