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Me he quedado un poco pasmada con la seguridad con la que hablan uno y otro bandos respecto al ahora llamado affaire Bryce. Si algo ha abundado son las certezas. Unos y otros parecen ver de manera sumamente clara si debería de concedérsele el premio a Bryce Echenique o no. Yo no lo tengo tan claro, y creo que no estoy sola. Estamos quienes dudamos, vemos (o veíamos, quizá) argumentos en uno y otro bando que nos hacen titubear antes de tomar una posición tajante.

Esperaba, pues, que el debate mismo fuera brindando puntos esclarecedores y sin duda, entre todo lo escrito sobre el tema he encontrado argumentos interesantes. Que el autor plagió en múltiples ocasiones no está en duda; el punto central del debate es si el plagio incide o no en el valor de la obra narrativa de Bryce, o si, en todo caso, es posible separar y desmembrar la obra de un autor. Indicó Volpi en su defensa de la decisión del jurado que la convocatoria establece que “Podrán ser candidatos al Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2012 los escritores con una valiosa obra de creación en cualquiera de los géneros literarios (poesía, novela, teatro, cuento o ensayo literario)”. Quienes defienden el premio explican que al no estar incluido el género periodístico (o de artículos de opinión, si es que existe tal cosa), el jurado puede evitar revisar parte de la obra -llamémosla no narrativa- del autor.

Más diversos y claros fueron quienes criticaron que se entregara el premio. Entre los artículos que explicaban, unas veces a título personal, otras en grupo, por qué no está bien premiar a un plagiario se encuentran numerosas razones. Enumero algunas: no está bien usar dinero público para premiar a quien se ha apropiado del trabajo intelectual de otro; que el plagio que hizo Bryce lo hizo en tanto escritor, y por tanto no puede separarse la obra a conveniencia; preguntan, en tanto académicos, qué esperan las autoridades del premio (la Universidad de Guadalajara entre ellas) que le digan a sus alumnos cuando plagien; que se debe de tomar en cuenta la calidad moral de la persona para premiar al escritor; y algunos más. (Todo lo escrito al respecto puede encontrarse en el siguiente blog)

Valdría la pena reflexionar aquí sobre el país que entrega el premio: el país del famoso “el que no transa, no avanza” y donde el que cumple la ley las más de las veces es tildado de idiota, ya que no hacerlo podría sacar provecho sin correr prácticamente ningún riesgo de sufrir represalia alguna por parte de la autoridad. Resulta refrescante que, por lo menos se hayan ido levantando voces para reclamar que se premiara a quien ha roto la ley. En este sentido, el ámbito cultural ha ido marcando precedentes.

Ante tantas quejas pocas respuestas he leído por parte de los defensores de Bryce. En cambio, las acusaciones que enumeran un grupo de ciento diez académicos y escritores que respaldan al jurado de la FIL además de no contestar a los cuestionamientos ni atender el asunto del plagio, afirman con aplastante certeza:

“La campaña de prensa que algunos órganos de comunicación han emprendido en su contra nos resulta de una violencia inusitada, alarmante en una sociedad democrática, y como acto de fuerza introduciría una peligrosa persecución moral en decisiones de tipo artístico, algo sin duda ajeno a los ciudadanos de la cultura.”

¿Qué diálogo, qué debate puede seguir a esta carta? El tema dejó de ser Bryce, dejó de ser el premio, dejó de ser el plagio -para ellos, nunca lo fue.

El debate que a mí me hubiera interesado leer -a falta de poder aportar algo como interlocutor- es sobre si podemos, o no, hablar de obra narrativa aislada; si al ser encontrado responsable de plagio y cumplir la condena que se le dicte, podemos considerar resarcido el daño y premiar a un plagiario; de manera quizá más filosófica, discutir las diferencias entre recomendar comprar la obra de un autor que haya plagiado o apoyado a regímenes fascistas o escrito obras misóginas y premiarlos; si hemos de tomar en cuenta la calidad moral, ampliamente entendida a la hora de premiar a un autor; qué diferencia a unos premios de otros. Otro tipo de debate que me resultaría interesante es sobre lo que es el plagio, y quizá retomar la defensa original de Ortega sobre Bryce (que se puede leer aquí) y enriquecer la discusión sobre nuevas formas de creación e intervención de textos. Claro que al proponer esta última discusión no quiero insinuar que Bryce pudiera no ser culpable de plagio, lo es, sin duda.

Volviendo a la carta, no deja de llamar la atención, por un lado, que no se explique quién convocó a firmar esta carta que parece haber matado este tipo de debate, y por otro, que después del gran número de reacciones a la carta, sea el presidente de la FIL quien sostenga que “el daño ya se hizo y obviamente fue esta decisión -concederle al escritor peruano Alfredo Bryce Echenique el premio- tan polémica que causó malestar” pero que la decisión del jurado se mantiene aunque el premio no se entregará en Guadalajara, sino en Lima. Un mecanismo de control de daños que, imagino, no dejará contentos a ninguno de los dos grupos de firmantes, quizá sí, en cambio, al galardonado.

Me quedo con la reflexión de Christopher Domínguez: habiendo tanto talento, ¿en qué pensaba el jurado cuando eligió a un plagiario como ganador del premio? Al final, su decisión ha dejado a todos mal parados.