
El día de ayer asistí a un par de eventos de la Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad en su paso por Chicago. Según el diccionario, una caravana es un grupo o comitiva de personas que, en cabalgaduras o vehículos, viajan o se desplazan unos tras otros. Así se han desplazado los dos camiones a lo largo de este mes desde Tijuana hasta Chicago, en un recorrido que llegará a Washington DC.
Propongo que en este grupo se viven dos procesos simultáneos y que se superponen. En la primera caravana, las víctimas de la violencia recorren el país contando sus historias. Han recorrido miles de kilómetros pero percibo que el viaje interno ha sido mucho más largo y profundo. Esta caravana se vive como una peregrinación, un viaje espiritual. Cuentan su historia una y otra vez, y cada vez encuentran un poco de fuerza, un poco de alivio. El poder de estos ejercicios a nivel personal ha de ser enorme. En Chicago se formaron cinco círculos de paz, donde poco a poco se iban contando historias, dando opiniones, narrando experiencias. Ahí se encontraron las víctimas con algunos pandilleros de Chicago representando, de alguna manera, al otro lado de la moneda. Víctimas de otros problemas, ambos grupos se reconocieron en el dolor. Un dolor distinto, sin embargo, como apuntó alguna víctima, porque quienes van en la caravana están transformándolo en amor, lo están volviendo algo productivo.
Sicilia, a quien los medios siguen y persiguen para videos, fotos y algunas entrevistas, al tiempo que víctima es también líder y organizador. Él es el portavoz del mensaje del grupo que en Chicago se centró en narrar cómo las consecuencias de la prohibición al alcohol en Estados Unidos de los años 20, se reviven hoy por culpa de la prohibición a las drogas. De alguna manera, recae sobre la dirigencia una segunda definición de caravana, de hacer o correr las caravanas que la RAE define como hacer las diligencias conducentes para lograr alguna pretensión.
Me parecía que dicha pretensión era hacer visibles a las víctimas para que el norteamericano pueda conectar sus actos con las consecuencias que se viven del otro lado de la frontera y con esto pedir la legalización de algunas drogas y obstaculizar la compra de armas. Para hacer esto, la caravana ha tenido que buscar el apoyo de organizaciones locales que pueden organizar la logística del evento. Estas organizaciones tienen otras agendas, no contrarias a lo que pide la caravana, pero que pueden diluir su mensaje. Así, en Chicago, el primer evento al que yo acudí fue una marcha para pedir un alto a las deportaciones, no quedaba claro cómo se conectaba este problema con la violencia en México, la guerra contra las drogas o el tráfico de armas.
Un obstáculo más para hacer llegar el mensaje a la comunidad norteamericana es que los eventos a los que acudí se llevaron a cabo en la parte mexicana de Chicago, donde, presumiblemente la gente tiene más información sobre lo que pasa en México. Lamentablemente me es imposible asistir a los eventos de hoy que parecen tener un público más diverso, como son los foros en un par de universidades y una conferencia de prensa en la alcaldía de Chicago. Si se busca tener un impacto en la política o en las políticas públicas de Estados Unidos sería bueno que éste no sea percibido como un problema de la comunidad mexicano-americana exclusivamente. Digo esto sin dejar de reconocer que el apoyo de la comunidad mexicana ha hecho posible que esta caravana exista.
Por último, si bien no dudo (ni creo que nadie lo haga) que mucha, muchísima de la violencia que se vive en México deriva de la guerra contra las drogas y que gran número de las armas que se utilizan vienen de Estados Unidos, después de participar en este par de marchas, escuchar las palabras de Sicilia y los impactantes testimonios de las víctimas, tengo que reconocer que esa conexión entre lo que pasa aquí y lo que se vive allá no se dio tan claramente como uno pudiera esperar. El problema es que la mayoría de los testimonios que escuché eran de crímenes sin resolver, en muchos casos, sin investigación siquiera. Al no hacer su trabajo las autoridades mexicanas no sólo dejan a víctimas que no pueden vivir su duelo, dejan sin forma de mostrar a los norteamericanos de manera clara, así personal, que es la fuerza de la caravana, por qué urgen cambios de este lado de la frontera.
Esta segunda caravana se propuso un trabajo monstruoso, en un momento difícil ya que están arrancando de manera más formal las campañas y los políticos están centrados en otros temas, con aliados verdaderamente nobles pero que quizá no tengan el alcance necesario. Sin embargo, es tal el trabajo de la primera caravana, la espiritual, que nadie que haya recorrido el territorio norteamericano se arrepentirá del viaje.
Tuiter: @la_juleniux