Algunas veces se entrevé una especie de superioridad moral del que critica la venta del voto. Si bien su compra es completamente injustificada, vale la pena pensar dos veces por qué estaría alguien dispuesto a vender su voto.

Hay quien quiere votar por X candidato, si además le ofrecen algo de dinero, ¿vendió su voto?

Decidir cambiar de voto a cambio de unas tortas es cosa seria. ¿Quién hace esto? Alguien que equipara el valor de su voto con una torta o una despensa, o una transferencia en efectivo, alguien que piensa que su voto no vale nada. Además, vivimos en un país en donde la otra cara de la moneda también existe y eso preocupa: una despensa o un poco de dinero vale mucho. Si bien es importante tener un IFE con autonomía y transparencia, con libertad de acción y con posibilidad de castigar a quien no cumple los reglamentos, éste no puede hace mucho más que tramitar las denuncias, y aplicar la ley. Debemos elevar el “costo del voto”, a través de una mejor distribución de la riqueza, eliminando la enorme pobreza del país. Nadie creería posible una compra-venta de votos en la Condesa, San Ángel o Las Lomas; no por la superioridad moral de sus habitantes, sino porque el precio que le dan al voto es más alto (por compararción con su riqueza y gracias a su preparación).

La otra manera, pues, de elevar el costo del voto es aumentando el valor percibido del mismo por su dueño. ¿Cómo hacer esto? No sólo a través de campañas publicitarias, aunque éstas ayuden, aumentar el valor del voto requiere mejorar la educación para que los electores lo valoren justamente. En general, tener más y mejor educación propicia que la gente tenga más y mejor información, y que sea más crítico de la información disponible.

La otra gran acusación en estas elecciones ha sido una manipulación del voto en la que no hay una transacción física, sino un convencimiento para que los electores voten por cierto candidato a través de transmitir información incompleta, sesgada o incluso falsa. Si bien la relación entre los medios y el poder es muy complicada, la lucha en contra de la desinformación pasa por aumentar la competencia. Sin embargo, la experiencia indica que se trata de una condición necesaria, pero posiblemente no suficiente ya que no parece haber mejorado mucho la calidad de la televisión con la entrada de Televisión Azteca y, por otro lado, no se ve interés por parte de inversionistas de crear nuevos canales.

En paralelo al aumento en la competencia, necesitamos una regulación más eficaz (que no permita la publicación de información falsa, por ejemplo) y un auditorio más exigente y más crítico, y la forma de lograrlo es, de nuevo, con más y mejor educación. No es creíble pensar que quienes son “malos ciudadanos” serán “buenos televidentes” nada más porque sí. Urge solucionar los problemas de fondo en México y ahí están la pobreza, la desigualdad y la mala educación.

Si bien, el IFE logra crear las condiciones de corto plazo para que tengamos una democracia, no puede, ni debería hacer más. De tantas democracias en el mundo, muy pocas cuentan con algo similar al IFE porque tienen otras herramientas, unas más profundas, que harían a un instituto electoral redundante. Por eso, aunque el IFE es una institución admirable, que ha permitido el nacimiento de nuestra democracia, festejaré el día en que ya no sea necesario.

Una mejor democracia, es consecuencia de unos mejores ciudadanos, a quienes ni con tortas ni con telenovelas se les compra ni manipula.