Hace dos años, cuando México le ganó 2-0 a Francia en la fase de grupos del mundial de Sudáfrica escribí esto:

Parece que desde ayer los mexicanos no hemos hecho mas que dos cosas: festejar y cuestionar qué estamos festejando. Por un lado estuvieron los que se fueron al zócalo y de ahí al ángel, los que se pusieron una borrachera de aquellas, los más creativos que han creado una serie de imágenes excelentes ejemplificando lo que nos gusta llamar El Ingenio Mexicano (el Cuahu en una estampa de santo o el Chicharito en el billete de $500), así con mayúsculas. En fin, que la vuvucela, tan odiada en todos lados ya es la vuvu-chela en México: la bebida más pedida.

Está también la otra actividad, distinta pero no menos ensimismada de los mexicanos: la crítica (constructiva o no) de lo que estamos festejando, de la actitud del sí se puede. Hay quien piensa que celebrar un triunfo como el de ayer, que no significa mucho en términos del mundial, es conformarnos con muy poco. Y es que hay que exigir más a  nuestro equipo. Esa exigencia lo que dice de forma distinta es que sabemos que son buenos, que sabemos que son mejores de lo que han hecho hasta ahora, que les exigimos más porque son capaces de más. Este es el público difícil, el exigente, que cuestiona la “mentalidad mexicana”. Cada vez más gente está pidiendo que no seamos llamarada de petate, que seamos consistentes.

Yo me encuentro constantemente deambulando de un lado a otro, del ¡sí se puede! al ¡ay no manchen, claro que se puede! Por un lado quiero ser más exigente y quisiera poder decir: ¡tranquilos! es normal que México gane, no hemos ganado nada aún, pero ¿y si no?, no me quiero quedar con las ganas de festejar.

Este fin de semana nadie se quedó con las ganas. México ganó el oro olímpico y la selección dio un paso importante para superar el “¡sí se puede!” que tanto odio. Ganar la medalla de oro y ganársela a Brasil es lo más bonito que ha visto cualquier fan del futbol. Ya no tenemos que usar el grito motivacional cada vez que vamos al estadio, ya todos sabemos que se puede, sería redundante vociferarlo. Además, se puede, no porque los jugadores “se tengan confianza”, o por lo menos no sólo por ello, sino porque han trabajado duro. Algo ha cambiado en la preparación de nuestros jugadores que ganan oro a los 17 años y encuentran la consistencia y perseverancia para ganarlo después. Ya veremos si estar en los primeros lugares se vuelve normal en dos años en Brasil.

Lo que más me ilusiona es que los futbolistas sean la cara visible de una nueva generación en México. Espero no equivocarme cuando digo que veo un punto de quiebre. En México están pasando cosas interesantes. Hace falta estudiar detalladamente qué ha cambiado y qué tendrá que cambiar. Adelanto que la explicación lleva varios componentes: el ambiente (sociedad, instituciones, y cambios estructurales), el esfuerzo y la determinación individuales. Sería un error olvidar lo que han hecho generaciones pasadas para que los jóvenes de hoy tengan una perspectiva tan distinta, dar esa experiencia por descontada u olvidar revisar la historia reciente del país. Fuera de la cancha, en la arena política y de activismo social con movimientos interesantes como el #YoSoy132 esto tiene una mayor relevancia. Ahí el reto que nos queda es encontrar el diálogo intergeneracional, quizá un interlocutor. Necesitamos mucha seriedad y preparación para evaluar las leyes y políticas públicas que tenemos; saber consolidar lo que funciona, e ideas nuevas para superar los retos que tenemos por delante.

Twitter: la_juleniux