En medio de la discusión sobre la compraventa de votos siempre hay quien propone la solución “racional”. ¿Por qué no la gente recibe el pago y vota por quien verdaderamente quiere? Estas elecciones no fueron la excepción, más de uno pedía que la gente se comportara de esta manera. La lógica es irrefutable: Se recibe el beneficio inmediato (el pago a través de dinero, tarjetas o despensas) y se aumenta la probabilidad de tener un beneficio de largo plazo -se vota por el candidato preferido incrementando la probabilidad de que gane y lleve a cabo programas y propuestas que le dan una mayor utilidad.

Si bien no cuento con los elementos para saber si fue limpia la elección, qué tan sucia, o cuántos votos se intentaron comprar o de hecho se compraron, vale la pena reflexionar un poco más sobre la racional respuesta ante la amenaza de la compra de votos. El tener un sistema que garantiza el voto secreto es el pilar central del argumento. Asumiré que así es, y que es poco probable que se utilicen las cámaras de los celulares o los “niños espías” para forzar el voto por X partido. Asumamos pues, que bajo estas condiciones, hubo quien ofreció despensas o pagos a cambio de votos.  O sin ir tan lejos, todos hemos visto los regalos que se le dan a la gente que asiste a un mitin: van desde muñecos, hasta hornillas pasando por paquetes de cosméticos, paraguas o cachuchas. ¿Por qué dan estos regalos los partidos? No sé si puedan ser catalogados como compra de votos, ni es mi intención entrar en una discusión de ese tipo, simplemente se trata de exponer que los partidos piensan que estos regalos o favores aumentan la probabilidad de que la gente les dé su voto. ¿Por qué? Si el voto es secreto, y a la gente le gusta o necesita estos regalos, lo racional sería esperar que los votantes acudieran en masa a los mítines de todos los candidatos, maximizaran el número de regalos recibidos y al final votaran por quien más les convenciera (por sus propuestas y programas).

Estos días parece estar de moda la economía del comportamiento o conductual (behavioral economics en inglés) que se ha dado a la tarea de encontrar momentos en los que los seres humanos actuamos de manera irracional y explicar esos comportamientos. Entre este tipo de economistas está Dan Ariely quien en su libro The (Honest) Truth About Dishonesty explica lo que llama “el costo escondido de los favores”. Según Ariely, el aceptar favores causa un conflicto de interés ya que tenemos una inclinación natural por regresar los favores recibidos. Para explicar la idea, cita un experimento realizado por Ann Harvey, Ulrich Kirk, Geroge Denfield y Read Montague del Baylor College of Medicine, que a continuación resumo:

En dicho experimento, los investigadores le pidieron a los participantes que evaluaran obras de arte de dos galerías: la galería Tercera Luna y la galería Lobo Solitario. A los participantes se les informó que las galerías habían sido generosas al pagar por su participación, y a cada quien se le dijo cuál de las dos galerías había pagado por él específicamente. A continuación, cada individuo permaneció inmóvil dentro de una máquina de resonancia magnética para que se pudieran obtener imágenes de su actividad cerebral mientras observaba las pinturas. En cada obra de arte podía verse, también, el logo de la galería a la que pertenecía. Cuando terminó esta parte del experimento, se le preguntó a cada participante que volviera a ver las pinturas, ya fuera del escáner, y que dijera si le gustaba o no cada una de ellas.

Al examinar los resultados, los investigadores encontraron que la mayoría le daba una mejor calificación a la galería que había pagado por su participación. Para asegurarse de que no se trataba de una cortesía con la galería patrocinadora, se revisaron los resultados de las imágenes escaneadas en la primera fase y se encontró la misma tendencia, es decir, los efectos de reciprocidad son realmente profundos, la actividad cerebral registraba mayor placer al ver las pinturas de la galería patrocinadora. Además, cuando le preguntaron a los participantes si pensaban que el logo de la galería había tenido algún efecto sobre su preferencia, la respuesta fue siembre “No, ninguno, en lo absoluto”. Aún más interesante resulta el hecho de que a cada participante le pagaron diferentes cantidades de dinero, y el favoritismo por una u otra galería aumentó junto con la cantidad recibida. Esto sugiere que una vez que alguien nos hace un favor, nos volvemos parciales a todo lo que está relacionado con esa persona, y que la magnitud del sesgo depende de la magnitud del favor inicial. Como nota, apunta Ariely, los participantes sabían que la galería iba a pagar por su participación independientemente de que las pinturas les gustaran o no.

Nuestros políticos no han tenido que realizar ningún estudio científico, pero han intuido los resultados. Este análisis, creo, ayuda a profundizar nuestro entendimiento de las dinámicas electorales. No sólo es que la gente ya está acostumbrada a recibir cosas y que castiga a los partidos que no entreguen dádivas; no sólo es que la gente verdaderamente necesite una despensa y esté agradecida o se sienta obligada a votar por quien se la haya dado, ni se trata únicamente de que falte educación. Parece ser que hay algo más profundo en la naturaleza humana que nos condiciona a regresar un favor, es decir, un costo secreto de recibir una despensa.

Twitter: @la_juleniux